Abordar el tema de la comunicación del vino implica enfrentarse a un cuadro de múltiple entrada. Depende de con quién uno esté conversando, las sugerencias y convicciones se instalan en diferentes aspectos siendo todos ellos complementarios. Una de las puertas de entrada más evidentes a una botella de vino y por lo tanto a su contenido, es sin duda la etiqueta. Sobre ella recae toda la responsabilidad de la primera vez entre el amante del vino y el vino que elige. De la responsabilidad por la segunda vez la carga se reparte entre los creadores de una imagen y los productores, que tendrán que haber sido inteligentes y sinceros a la hora de crear su producto y de establecer una buena relación entre la calidad y el precio. Por último pero no por ello menos importante tendrán que haber sabido elegir los puntos de venta adecuados.

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Podríamos decir que Meritxell Falgueras nació en uno de esos puntos de venta, aprendió a amar el vino y se convirtió en una profesional reconocida por sus pares a los 25 años. Desde este contexto me resultaba interesante su mirada que realiza desde la perspectiva de una persona que ve al amante del vino en acción ante las estanterías repletas de botellas.

He aquí una serie de sugerencias para saber cómo interpretar la información contenida en una etiqueta:

El vino nos habla entre líneas a través de la etiqueta. ¿Cómo? Con las cosas que quiere decir y las que sólo se intuyen. Es como un D.N.I. donde se puede decidir qué se pone. Por ley solo es obligatorio poner la capacidad, los grados alcohólicos y el número de embotellador. La edad, aunque no es obligatoria es importante, ya que no es de fiar un vino que no muestra su añada (excepto en cavas y champagnes). La mención “viñas viejas” o “vendimia seleccionada” da al consumidor confianza. Poner contiene sulfitos en inglés, en pequeño y al lado del código de barras puede hacer que la gente que se asuste de ver qué lleva el vino. Otros parece que alardearan de ello y hasta se atreven a poner “non-filtered”. Los hay que se obsesionan con la variedad y la ponen en la etiqueta después del nombre, bien grande, para que se vea. Los hay, siguiendo el lenguaje francés, que ni se toman la molestia de ponerlo en la contraetiqueta. Las notas de cata de estos productos son dictadas por alguien de marketing y está claro que intentan seducir más que ser sinceras. El nombre del vino es la cara; y el cuerpo, la botella. Un nombre aristocrático (dinastía, marqués, barón) da seguridad. Uno latino, historia. Los anglosajones los prefieren cortos y fáciles de recordar. El tipo de botella (borgoña, bordelesa, alsaciana, champagnoise) nos intenta transmitir la personalidad del vino, pero la única manera de conocerlo bien es conversando con él en la cata.

Meri dice que las notas de cata de estos productos son dictadas por alguien de marketing y está claro que intentan seducir más que ser sinceras. Y yo pregunto, ¿tales faltas de sinceridad llegan a publicarse en una etiqueta sin la previa revisión y autorización del productor? Sigo y digo que encuentro en este reclamo a la sinceridad en la comunicación una coincidencia absoluta con lo comentando por Joan y por otros abocados a seguir buscando fórmulas tan eficaces como sinceras para la promoción del vino.

Otra coincidencia es que después de todo, el verdadero encuentro y comunión entre el amante y su vino es en la conversación que se produce con él durante la cata.