IMG_7770La vida viene como viene. Te sientas en una terraza un mediodía de verano, alguien husmea en la nevera y saca un vino que ya no podrás quitarte de la cabeza. Esto fue lo que pasó un verano hace dos años cuando nos sentamos a comer algo con mis otros yo Carlos Pascual y Gustavo Barone, en el restorán Mediterráneo, ubicado en la equina sur de Maldonado y Yaro, en Montevideo.

Pascual entró con descaro en la nevera y trajo algo. “Encontré esto” dijo blandiendo una botella con un vino de color suave anaranjado del que no podíamos decir que era rosado o blanco y mucho menos de qué variedades estaría hecho. Fue abrirlo, mirarlo y probarlo. Amor total. Claro que la circunstancia no podía ser más favorable. Sentados los amigos de más de media vida, a la sombra de un plátano gigante, tan montevideano y protector, brindábamos por el encuentro y la historia que nos une.

Decía que este fue el principio.

En mayo del año pasado nos conocimos con Juan Andrés Marichal en Londres. Terminaba la feria y estaba agotado. Pero había valido la pena. Marichalwines está hoy presente en 7 países entre EEUU y Europa. Y como ya nos decía entonces, lo importan personas que se enamoran de sus vinos.

El reencuentro en Montevideo estaba firmado. El 3 de marzo de este año nos volvimos a ver. Esta vez en su casa que está ubicada a 40 km de Montevideo en donde desde hace cuatro generaciones los Marichal dedican su vida al vino en las mismas casas que van actualizando a los tiempos modernos. Los días del vino a granel pasaron. Primero el padre de Andrés y ahora él junto con su hermano Alejandro lideran una bodega que produce un vino que compite a nivel internacional, que es reconocido por el público dentro y fuera de fronteras y que demuestra que estas son las maneras de hacer por las que un país debe verse representado.

IMG_7745Hablamos a pie de viña. El clima era pesado. Pleno verano húmedo y lluvioso. Muy cerca del mar y a no más de 100 metros de altura, hay que plantar hierbitas para robar nutrientes y agua a una tierra negra demasiado rica. Las plantas no están a más de 3 km de la bodega en donde la fruta entra en cámara lenta, con cuidado de no romper ninguno de los granos seleccionados.

Mantienen la planta original con tecnología moderna. Enfrían con agua, no agregan fertilizantes ni casi herbicidas y ni hablar de regar. En 2002 se plantearon la reconversión. El objetivo es llegar a las 200.000 botellas -que a mi me gustaría que fueran menos para no arriesgar calidad-. Hoy rondan las 100.000.

Marichal es una bodega familiar de cabo a rabo. Allí están la madre, el padre, los hermanos, el bisnieto y la tía que prepara unas empanaditas que saben a gloria al tomarlas durante la cata.

Nos sentamos entorno a una mesa bien iluminada mientras el resto de la sala quedaba en penumbra. Lo que pudo parecer formal enseguida se volvió una conversación entre amigos amantes del vino que probábamos y seguíamos lo que nos contaba su creador mientras comíamos grisines, quesos y bondiola más las empanaditas de carne y de jamón y queso que no hicieron más que confirmar que estábamos en familia. “¿Te das cuenta que estamos trabajando?” decía Andrés para hablar del privilegio de ganarse la vida entorno del mundo del vino.

Pero lo que pasó por sobre todas las cosas fue la gran sorpresa. Porque no sabíamos que íbamos a experimentar tal nivel de exelencia viva, conmovedora y original. Tengo que pagar muy buen dinero en tiendas en España, en Francia o en Italia para llegar a este nivel.

Pero claro estas no son más que palabras hechas de bits, de ceros y unos que no se comparan con la experiencia de estos vinos. Pienso que los amantes del vino conocidos y por conocer en tierras españolas no pueden dejar de experimentar la modernidad elegante de los vinos uruguayos. Por esto estamos preparándonos y preparándolos para producir el encuentro.

Y créanme cuando les digo que habrá un antes y un después…
¿Quién se apunta?