Pinchaba música con los mejores, no paraba, apenas dormía y como antídoto tomaba leche. Pero una noche del 99, durante unas vacaciones de vendimia, Fredi Torres se fue con la música a otra parte, a lomo de un Cheval Blanc, cuando tenía 22 años y un presente de suizo niño rico.
Fredy, el payés y el burro
Mientras controlaba de cerca que el prensado natural de las uvas hiciera su proceso, comía pan, queso, chorizo y vino… después de todo aquello era Francia. La experiencia particular con uno de esos vinos le abrió los ojos y le mostró un camino del que él, sin saberlo, ya era portador. Corría por sus venas el orgullo de los agricultores gallegos que son su familia, que disfrutan de trabajar la tierra y vivir a la intemperie, lo más retirado posible de todo aquel ruido tóxico que había sido su vida hasta ese momento.
Fredi se volvió loco por el vino. Literalmente. Comenzó a dedicarle todo su tiempo y todo su dinero. La novia argentina y el viaje al Sur fueron parte del precio que tuvo que pagar. Estudió enología, recorrió el mundo, trabajó con los mejores, aprendió muchísimo y cuando sintió que era el momento, creó su propia bodega.

Saó del Coster es el sueño del pibe. Está afincada en Gratallops, en una casita divina medio destartalada que Fredi va recuperando. Allí viven él, sus vinos y Nini, una gatita de la calle que le conquistó el corazón.
Tiene 6 socios suizos que invierten en el entorno de los 200.000 euros al año, reinvierten lo que ganan y saben que en diez años, si hacen las cosas bien, estarán disfrutando de las mieles del éxito. Actualmente produce 15000 botellas en total y no quiere pasarse de las 25000. Sus vinos van de los 13 hasta los 80 euros y los vende en 15 países entre los que no está España. Aquí solo los disfrutan sus amigos. Una pena.

El proyecto aparece impecable. Trabaja sobre todo con variedades autóctonas de la zona y su chica preferida es la Cariñena. Elige la tierra tanto por la especificidad de las variedades como por su orientación, a tal punto que su “penúltima locura” son Planassos y Canyarets, inconfundibles expresiones de viñedos de cara sur y de cara norte respectivamente.

No le gustan los sellos ni las clasificaciones, así que cuando le pregunto por cómo definiría su trabajo dice “tengo una manera de hacer consciente y responsable”. Trabaja la tierra a lomo de mula, con el impagable Jaume, un pagés de tez curtida y un tanto cascado que dice ser zahorí y da pruebas de ello, que tiene la conversación serena y directa de la tierra y que sabe susurrarle a los animales.

Tiene una bodega pequeña y de gran encanto; sobre todo para una amante del cine como yo. Las paredes hablan de su pasión por el cine de “antes”. Frtiz Lang, Jaques Tatti y Audrey Hepburn son los guardianes de sus barricas, que moja dos veces al día en luna creciente y una vez al día en menguante. Pero también flotan en el ambiente Reservoir Dogs del mejor Tarantino y Sean Connery, el verdadero James Bond.

Este es parte del “preparado” que hay en una botella con su vino. Unas características edafológicas, combinadas con la sabiduría de un zahorí, la fuerza adiestrada de las mulas, la fidelidad y la experiencia de viñas de más de 80 años y el empuje de un hombre joven que tiene claro lo que está haciendo y lo lleva adelante con su aire de enfant terrible.

Cuando volvía hacia Barcelona, después de un día perfecto, la climatología cambiante característica del entretiempo, me regaló un arco iris que pude ver de principio a fin. Y por un momento fui Judy Garland en el Mago de Oz…