viñas vellas en Do Ferreiro
En pleno mes de agosto de un año Xacobeo entre vacaciones e inclemencias climáticas que mortifican a viñedos y humanos por igual salimos de peregrinaje en busca de los artesanos del vino en Galicia. No son desconocidos. Es más son nombres muy connotados en la vitcultura gallega y más allá pero hacerse con una botella de buen albariño desde el clásico Do Ferreiro hasta el más moderno Pedralonga no resulta fácil si no vives en Galicia o Nueva York.

Recorrimos 1700 kilómteros, visitamos dos bodegas por día, descubrimos que existen más de 50 variedades autóctonas de uva sólo en Galicia e intentamos ahondar en las estructuras agrarias y sociales que pueden explicar los sistemas de explotación de la tierra y las maneras de vivir entorno de una vecindad que hace más fuerza que el Estado asentado sobre bases más liberales y urbanas.

Galicia es verde pero como no llueve desde hace dos meses arde. Los montes se queman a una velocidad increíble y la mano humana deliverada detrás de estos fuegos siempre se instala como una sospecha firme. Las chimeneas de humo aparecen a los lados de la ruta como queriendo marcar el camino. Un fuego en Orense comenzó cuando pasábamos rumbo a Quinta da Muradella en la D.O. Monterrei y eran lenguas activas al volver camino de Emilio Rojo varias horas más tarde.

La zona atlántica gallega es de minifundio, parroquia y pazos con hórreo. El viento salado rocía naturalmente los viñedos y la tierra que es arenosa porosa casi no retiene el agua que bajan a chupar las raíces desesperadas. Las placas tectónicas que chocaron hace tiempo hicieron polvo las rocas de diferentes orígenes y composiciones lo que da la característica mineralidad al vino gallego.

La viticultura tradicional gallega se levanta sobre parras y contornea el centenario paisaje vitícola que busca en sus versiones más modernas la espaldera para permitir una mejor ventilación de los racimos y la aplicación más eficaz de los tratamientos para combatir el oídio y el mildiu principales enemigos de las cepas.
Qué difícil se hace hablar de la nula intervención en este clima con estos vientos esta humedad esta pluviometría.

He aquí el terroir gallego, una combinación de clima, tierra, minerales, vientos, gentes y estados de ánimo que flotan en el ambiente como la sal que traen los aires atlánticos depositándola sobre cada planta y cada racimo. La galleguidad. Todavía no me animo a opinar sobre esto. Cinco largos días que terminan de clarear a las diez de la noche y se van a dormir a las dos de la mañana no alcanzan. Hay que leer a Rosalía de Castro, Manuel Rivas, Suso del Toro y las Cantigas de Mendiño.

Para rematar descubrimos un rincón abierto en O Grove (que mantendré en secreto) en donde se me hizo un nudo en la garganta por estar en un lugar que mi memoria anterior a mi reconocía como propio.

Continuará…

Hamacas en O Grove