Todd Blomberg

Para Todd Blomberg era evidente que si quería hacer vino en serio San Francisco no era el lugar. No sé cómo exactamente pero se enamoró de Galicia y es en donde vive desde hace diez años. Decidió coger la posta de ser un sucesor de Benito Santos, hombre muy activo en la promoción de la uva Albariño, en la importancia del trabajo con la variedad autóctona, en hacer el vino con la uva de la propia tierra, muy sociable, capaz de compaginar una vida familiar ejemplar con ser una de las alegrías de la Fiesta del Albariño de Cambados.

¿Por qué un hijo de la ciudad de San Francisco que todavía habla español muy suave y en galego murmura, siente que puede hacerse cargo de esa herencia? Nunca lo sabré de su propia voz pero puedo especular.

Mientras caminábamos por los viñedos do Igrexiario do Saiar nos contaba lo difícil que es lidiar con el clima en aquella zona como para trabajar sin intervención ninguna. Le pregunté entonces porqué estaba en Galicia pudiendo encontrar en el territorio español sitios mucho más propicios para hacer vino natural y me dijo que necesitaba estar cerca del océano y además había decidido convertirse en un gallego.

Ahí empecé a entender y a tranquilizarme. Claro, no era que yo no lo entendía de cortita que soy. No. Es que Todd está llevando a cabo esta transformación con todo éxito. Porque sabe que para hacer un Albariño digno de ser admirado, debe embotellar galleguidad.

Nos encontramos el día que llegamos a Galicia. Finalmente funcionó el teléfono, así que después de tomarnos un café en la glamourosa alameda de Vigo, cerca del puerto y la ría, nos fuimos a verle.
La vista de la ría es magnífica, con las mejilloneras flotando fantasmales. Engañan a la vista y parecen barcos esperando sigilosos el desembarco de Normandía. Nada anuncia sin embargo un clima bélico.

Llegamos a la bodega y entramos en los viñedos de la finca plantados en parral y comenzó el relato de algo que yo esperaba, un poco como autómata, que fuera el cuento de algo idílico, y terminó por ser el cuento de cómo se destruye un poquito de tierra y el trabajo que da recuperarla.
Lo que nos mostraba eran todos aquellos factores clave para lograr un punto ótpimo de acidez en la fruta pero por la vía de cómo se destruyen. Como por ejemplo los injertos. Rasca la tierra en la base de la planta y te muestra un injerto por culpa del cual esa planta ya no dará buenos resultados, te cuenta que ahí se cambiaba el aceite de las máquinas y te muestra tierra más bien negra, con mucha agua.

La obsesión Blomberg se resume en una palabra, acidez. Alice Feirng reconoce que con sus vinos pudo recuperar la idea que se pueden hacer albariños maravillosos con una acidez natural de la hostia (en traducción libre por mi parte), argumentando que el motivo de que el albariño, originalmente de olor neutro, hubiese empezado a oler, como el sauvignon blanc, a pipí de gato era que los productores de vino añadían a los vinos levadura de diseño para cambiar su textura, su aroma y su sabor.

Me di cuenta entonces que el trabajo que está haciendo es más complejo que tener unas viñas fantásticas, un vino magnífico y unas cuentas saldadas. Todd tiene una estructura complicada que pasa no solo por sus dos viñedos certificados ecológicos (Igrexario do Saiar y Viñedo de Bemil) sino sobre todo por la operación rescate de otros viñedos para el cultivo ecológico que le convierten en algo así como Sigourney Weaver haciendo de Dra. Fossey en Gorilas en la niebla.

viñedos de Igrexiario do Saiar

Entramos en la bodega que es de tamaño medio, con capacidad para procesar su uva y la ajena. Porque Todd tiene claro que si quiere seguir los pasos de la Dra. Fossey y sobrevivir en la jungla de los negocios, su bodega por ahora, debe hacer más que su propio vino. Y las consecuencias pueden ser buenas para todos. Él procesa la uva al señor que ya no puede hacerlo y todos ganamos en la existencia de un vino mejor hecho que en otro lado. Así se financian muchos proyectos y me parece que está bien decirlo y no contribuir a la idea de un mundo ideal, valga la redundancia, en el que lo válido es seguir el reglamento teórico a rajatabla ignorando las razones que pueden obligar a negociar con la realidad.

Catamos un poquito de todo y fue el reecnuentro con aquella sensación que tuve la primera vez que los probé. La serenidad en un mar de griteríos afrutados artificiales. Sal y aromas a frutas sin tener la sensación de estar ante una lata de melocotón en almíbar, fresco como toca a un vino atlántico, sincero como el amor profesado a los hijos que uno trae al mundo.

Así nos despedimos hasta la próxima, con una declaración de amor por los hijos vengan como vengan. Así ama Todd Blomberg el vino que hace.