mi tia Nini posando para la portada de una revista. Francia, 1960Nunca tuve mucha relación con esta tia. En realidad era la prima segunda de la cuñada pequeña de mi abuela materna y yo siempre oí hablar de ella en los tés familiares. ¡Qué gloria! Las abuelas no paraban de cocinar manjares y nostros los pequeños de revolver el chocolate, haciendo ochos con la cuchara para que no se hicieran grumos. La tarta de arroz y la milhoja de dulce de leche de la tia Bea, el fainá de queso de mi abuela Minga, los sandwiches de miga de jamón y queso, cortados en triangulitos finitos y levemente húmedos por haber estado en la nevera, los bozcochitos de anís para mojar en el chocolate espeso… En fin eran días y tardes eternas, inocentes, de niñez. Y los grandes se sentaban a darle a la lengua. Típico y normal. ¿Para qué reunirse si no?

Estaban alrededor de la mesa mis tias abuelas, mis tias y mi madre, un tanto distante de todos modos de aquella historia. Mi madre estuvo siempre mirando para otro lado, como aburriéndose, aunque con todo cariño. No es doméstica es Juana de Arco encarnada en el Río de la Plata, en serio, ¿no me creen? Es por mi madre que supe de la existencia de esta tia que un día se fue siguiendo a un gran amor a Francia. Me lo contaba con algo de melancolía.

Según mi madre, después de su madre mi abuela Minga, este fue el gran personaje de la familia. Mujer independiente y de trato difícil, de todos modos todas querían en secreto parecérsele, pero solo ella tuvo el valor de hacer lo que quiso. Un día apareció en su vida un francés mundano, viajero incansable, de esos que seguramente tienen un amor en cada puerto. Lo conoció tomando uvita en Fun Fun, bar típico de rompe y raja de la Ciudad Vieja de Montevideo.

El hombre era corpulento aunque no demasiado alto, dicen. De tez curtida y de pelo negro y frondoso. Era de pocas palabras, excepto cuando hablaba de vino. Cuando empezaba a hablar de vino, pasaba un angel. Como hablaba de la tierra y las plantas y de una obsesión, la Pinot Noir. Todos y todas le escuchaban como si se tratara de un cuento de las mil y una noche porque nadie entendía prácticamente nada de lo que decía. Pero la tia Nini había oido algo sobre la Tannat, una uva que en Francia se llamaba Madirán, que la había traído al Uruguay un vasco de apellido Harriague, para salvarla de una plaga terrible. En fin esta pequeña informacón fue suficiente como para que aquel francés posara algo más que sus ojos sobre la tia Nini. Y ya no hubo más que hacer.

Sin pensarlo lio sus petates y se vino al viejo continente siguiendo a un hombre y sus historias del vino. Al llegar descubrió que aquel hombre tosco y de, relativamente pocas palabras, pertenecía a una de las dinastías más importantes y longevas de la Borgoña de esas que tienen el panteón familiar en la puerta del viñedo.
Se instaló entre ellos no sin sentir la resistencia de una familia que tenía un tesoro que perpetuar. Pero ella, ni lerda ni perezosa, aprendió y pasó a ser una más de la familia y una viñerona muy respetada y admirada por las generaciones siguientes.

Con su hombre, recorrió los cinco continentes, se sumergió en el vino y no tuvo empacho de emborracharse toda vez que la ocasión lo requería. Ahí era cuando aparecía mejor. Sonriente, exultante, sensual, generosa. Y su hombre la seguía, la abrazaba y la convertía poco a poco en una grande dame du vin, a la vez irreverente y sabia.

Nunca tuvieron descendencia, algunos dicen que por egoísmo, otros por amor a sus viñedos los viñedos de mi tia Ninique siempre amaron como si fueran sus propios hijos. Criados con el amoroso rigor que los hace los mejores, enseñándoles las durezas de la vida y sus inclemencias y a como sobrevivir para ser mejores que todo lo anterior conocido. Criados en libertad, para ser ellos mismos, respetando su personalidad, sin torcerlos hacia ninguna parte. Porque de eso había huído la tia Nini, de los artificios de la familia y de lo que “hay hacer”.

No se cómo mi tia Nini se enteró de mi existencia y de mi pasión por el vino. Pero unos días antes de morir a los 104 años testó a mi favor dejándome una pequeña parcela de viñedos en el corazón de la Borgoña con la que francamente y supongo que por la sorpresa, no se que hacer! ¿Me ayudarían uds. mis queridos amigos amantes del vino?

Hoy mi tia descansa en paz en el panteón que preside el viñedo más antiguo de las propiedades de la familia y yo propongo un brindis por ella y por todas las mujeres que conquistan su libertad dentro del maravilloso y todavía machote mundo del vino.

¡Chère tante, santé!