Dos amigas periodistas me etiquetaron a un texto que Juancho Asenjo publicó en Facebook. Se llama La prensa del vino se muere y como no tengo forma de enlazarlo a un espacio suyo, lo copio entero, con su permiso.

Juancho Asenjo

Juancho Asenjo
LA PRENSA DEL VINO SE MUERE

La prensa del vino en la vieja Europa muere de inanición y nadie sale en su ayuda. Cada vez resulta mas difícil que un periodista especializado viva solo de sus colaboraciones en diarios o revistas. Se ha llegado a un punto que parece sin retorno si no hay cambios radicales. Hace unos días me comentaba el amigo Cosimo Torlo, mas de 30 años de profesión en La Stampa de Turín, que le pagaban 25 euros por artículo. Precios de hace dos décadas. Y es solo un ejemplo. Los colegas ingleses complementan sus escritos con la colaboración con importadores de vino, el asesoramiento de empresas, las clases o las catas. En Alemania quedan dos o tres revistas editadas en papel y los periodistas se han trasladado a Internet donde la publicidad no llega aunque tengan lectores. Asesoran a denominaciones extranjeras sobre la venta de vino o sobre el mercado, colaboran en libros o diversas asesorías. Los franceses colaboran con clubes de vino, tiendas, catas y lo que salga. En Italia realizan las web de bodegas, colaboran en la organización de eventos, dan catas… En los países nórdicos sobreviven como pueden.
En EEUU es el único país donde todavía es posible vivir de tu pluma. En los países emergentes como mercados: China, Rusia o el sudeste asiático es donde ponen publicidad las bodegas y aunque haya pocos profesionales (con la excepción de Japón y casos concretos en otros lugares) logran vivir de una profesión recién nacida y que les ha llegado de rebote.

A los periodistas se les exige independencia y ser libres mientras se les echa al foso lleno de cocodrilos. Valle Inclán decía en Luces de Bohemia que las letras eran colorín, pingajo y hambre. Seguramente, cuando ya no haya juglares que canten las excelencias o miserias del vino, todo el mundo llorará pero será tarde. Una generación o dos que han apoyado la popularidad del vino habrán desaparecido porque se han convertido en los nuevos parias. La crisis, y el abandono, no van a permitir que los periodistas vuelvan a la senda del periodismo de calidad en el mundo del vino.

Cojo el testigo que lanza Juancho para pensar en voz alta sobre cómo reaccionar frente a su denuncia, porque creo que desde la cultura del vino, tan compleja, podemos constatar lo vital que es alimentar un sistema de verdadera diversidad. Acaso como Bartleby, preferiría no organizar tanto mis pensares y proponerlos en modo brainstorming, alejándome de una actitud asertiva (siempre más limitada aunque resulte más erudita) para acercarme a un debate que sea potente, al que cada uno aporte algo de valor.

Creo que podemos compartir la idea de que sin masa crítica un cuerpo social se muere. Muere una forma de relacionarse con la creación, que implica el desafío democrático de convivir con lo diferente y aparece la amenaza del pensamiento único. No seré tan reduccionista si digo que subsumir todo objetivo vital a la cuenta de resultados, nos está llevando por el camino de la dictadura. España cambió su Constitución de modo expres, para dejar a la ciudadanía obligada por ley, a que, hagamos lo que hagamos, no nos pasemos de un 3% (o algo así) de déficit o como dice Juan José Millás, nos han condenado a vivir con un cañón en el culo.

¿En qué modelo inteligente de convivencia sobra la cultura? ¿De qué es indicador que cada vez que los límites -arbitrarios- de las reglas de juego se ponen en cuestión o quedan cuestionados por la mismísima y terca realidad, la reacción sea tan alienante y conservadora, a la vez que de una falta de miras criminal? ¿Miedo? ¿Falta de ideas? ¿Pereza? ¿Depresión? ¿Terror? ¿Resignación?
La estandarización lo mancha todo: el mercado de trabajo y lo que esperamos del mismo, como si fuera el padre y la madre, proveedores eternos, la organización de la vida cotidiana en casi todos sus términos (casi que nos avisan cuándo, cómo y dónde nos está permitido follar), del gusto a través del fast food y de las manipulaciones de todo tipo por las cuales la comida y las materias primas saben igual en todas partes ¡y qué decir de la industria del vino!

¿Cómo estamos reaccionando frente a esto? ¿Cómo estamos usando las herramientas que conocemos para seguir produciendo convivencia en la diversidad y no en el miedo? Y aún sabiendo usar las herramientas, ¿dónde obtener los recursos para mantener la máquina engrasada?
En esta materia hay muchos enfoques posibles. Alguno de ellos tan enrevesado, que el sólo pensarlo te dan ganas de tirar la toalla. Se trata de las intrincadas carreteras de circulación de valor hasta que en algún cruce se produce el deseado e imprescindible intercambio por dinero. El trueque nos queda lejos y no sé si hacia adelante o hacia atrás.

Supongamos que lo tenemos todo para recuperar una dinámica deseada. Los recursos humanos, técnicos, logísticos; las ideas lo suficientemente claras, las pasiones compartidas. Nos faltan los recursos materiales, pero si ya antes asumimos que el dinero está en otra parte y que la cultura no rinde beneficio, el cañón ya no lo tenemos en el culo, lo apuntamos directamente a nuestra sien.

La idea del mecenazgo acude a mi cabeza, confieso si, que como una posible tabla de salvación. Pero está claro que también la idea original debería ampliar su campo de acción. Si bien lo asociamos en lo inmediato a la conservación de patrimonio cultural en tanto objetos materiales, de lo que debería tratarse hoy, es de conservar y promover los mecanismos mismos de producción de cultura y de los canales por donde se distribuye. Uf! me leo y veo peligro, pero si no arriesgamos a salirnos de los mecanismos habituales para desarrollar estrategias de supervivencia, nos toparemos siempre con los mismos límites de la frustración.

¿Y quién gestionaría los recursos de estos nuevos mecenas? ¿El Estado? ¡No way con la que está cayendo! ¿Un consejo de sabios? ¡Ni hablar! Es probable que podamos descubrir una nueva-vieja fórmula en la cooperación, como propone tan notablemente el sociólogo Richard Sennett, en Juntos. Rituales, placeres y política de cooperación. Para ello tendríamos que considerar cambiar los marcos mentales desde los que pensamos nuestras estrategias, pasando a modos distribuidos de gestionar trabajo, recursos y claro está, resultados.

¿Nos sentimos en disposición a provocar estos cambios mentales, o todavía pensamos que de aquellas estructuras de comunicación que ocultan a su vez aparatos de poder con sus intereses creados, pueden venir respuestas inteligentes y humanizantes?