gandolfini

No sé quién se murió de un infarto esta mañana en Roma. No sé si fue el actor James Gandolfini o su personaje Tony Soprano. ¿Por qué tengo que elegir? Si pudiera los revivía, a los dos. Pero han muerto ambos; la tragedia es doblemente infinita.

Corría el año 1999, la tele cable había llegado a Uruguay y el chorro infinito de series y programas gringos de toda índole era adictivo. Nos enamoramos perdidamente sobre todo de una cadena, HBO y de cómo nos envolvía con las voces aterciopeladas de sus locutores, especialmente uno, venezolano, cuyo nombre no logro recordar. La dinámica era perfecta. Se emitían los capítulos originales una o dos veces por semana y el sábado, en prime time, partida doble. Cada uno en su casa, con la artillería pesada, chivitos, papas fritas, coca cola, una botella de vino, la bandeja de llevar comida a la cama, el teléfono apoyado en la mesita de luz (noche), y un ritmo cardíaco que aumentaba a medida que se acercaban las nueve de la noche. Cada uno en sus puestos. Mi madre, mi tío Alberto y yo. Y más de medio Montevideo. En cada tanda nos llamábamos para comentar la jugada más de una vez llorando, emocionados, ya sea por una situación en particular que desafiaba la seguridad de la vida de nuestros “héroes”, ya sea por la calidad, por la belleza, por la profundidad, porque sabíamos que asistíamos a una empresa homérica del siglo xx.

Los Soprano marcó un antes y un después en nuestras vidas. Les perdonamos todo, como le perdonamos a Michael Corleone haber matado a Freddo. Nos envolvieron, nos dieron un sentido para nuestras vidas del viernes y el sábado por la noche y nos dejaron mensajes importantes. Cuántas veces repetimos la máxima de Tony de que en realidad no hay que calentarse con los negocios, con la guita, porque después de todo it’s just business.
Pero también esta serie significó un cambio cultural de dimensiones inimaginables en aquel momento. Los Soprano son el pistoletazo de largada de la cultura de series con mayúsculas. Dignificaron el género, nos dieron otros motivos de conversación, re orientaron nuestra vida social. Nos dieron la oportunidad, a los que nos dejamos y a los que lo niegan a rabiar, de extendernos en un diván y analizar nuestras relaciones más íntimas y tormentosas.
La relación entre Tony Soprano y su madre Livia, interpretada por Nancy Marchant, está a la altura de los clásicos; la bipolaridad moral de Carmela Soprano, que mientras reza se folla al cura y mientras educa a sus hijos para que tengan una vida digna abre columnas fake en su mansión, donde esconde Kaláshnikovs, granadas de mano y fajos de dinero; la frustración criminal del tío, uncle Jun, eterno segundón, incapaz de construir principio de autoridad y por tanto arrastrado por los cantos de sirena a decisiones torpes.

Como los Corleone de Coppola los Soprano de David Chase se nos metieron bajo la piel, no queríamos que los pillaran, no queríamos que se mataran, sufrimos con Tony la decisión de eliminar a Christopher y se nos quedó el fuelle sin resuello con el cierre al vacío del último segundo del último capítulo de la serie.

Hoy, aquel vacío, aquellas dudas, aquel vivir en vilo porque no sabíamos qué iba a hacer aquel tipo dudoso que entraba al baño, hoy toda sombra de duda queda disipada. Tony ha muerto de un infarto en Roma mientras disfrutaba de unas vacaciones.

Ya no saldrá por aquella puerta, ya no visitará a la Dra. Melfi, ya no sufrirá más ataques de pánico. Prefiero pensarlo uniéndose a la familia de patos que una vez le abandonó, volando en paz.

Rip Tony Gandolfini Soprano.
Salut!