Montevideo estaba desierta. Era carnaval y aunque las cosas no están para despilfarros las personas dispararon en busca del mar. Por suerte el clima había cambiado y se podía respirar. Corría un brisa fresca que me dejaba caminar en busca del reconocimiento morboso de una ciudad que dejé hace diez años cuando ni las milongas ni el vino hacían furor.
Ya en viajes anteriores había constatado la vuelta del tango. Las milongas, sitios semiclandestinos para bailar, aparecían como hongos después de la lluvia. La gente joven pero muy joven tomó las pistas y renovó la liturgia tanguera. Sin hablarse, se cambian los zapatos de calle por los de baile (de suela para deslizarse el varón, de tacón con pulserita de escándalo la mujer) y se llaman con la mirada a través de gestos casi imperceptibles; no tienen 30 años y flotan con naturalidad pasmosa llevando ritmos muy complicados.
También hacen música y van apareciendo grupos jóvenes excelentes, que sienten el tango hasta el cuore y te conmueven hasta las lágrimas. Me da rabia, porque no se bailarlo y entre mis talentos no está el de recordar las letras. Pero la memoria, esa cosa misteriosa que llevamos dentro sin apenas controlar, me regala momentos emocionantes y me hace sentir que podría conquistar el mundo armada con un bandoneón y un buen tannat.
En la milonga se bebe whisky, sin embargo creo que el tango marida muy bien con vino.
En este lado uruguayo del Río de la Plata sin duda alguna marida con la elegancia que las nuevas generaciones de viñerón están logrando aportar a la Tannat. Esta variedad llegó al Uruguay procedente de Francia (Madiran) de la mano de Don Pascual Harriague y al principio estaba asociada a vinos, digamos, peleones, rústicos, que costaba pasar.
Hoy en día estos vinos compiten en las mejores pistas del mundo por su calidad y la condición de ser los únicos en su especie. Nadie pasa indiferente por un buen tannat uruguayo. Elegantes, finos, hechos con cuidado artesano, hay un puñado de bodegas que trabajan con baja producción, sin regar ni aplicar fertilizantes, con la cabeza y el corazón puestos en que cada gota de su vino conmueva por su sinceridad y calidad.
Aquel lunes de carnaval en que soplaba la brisa fresca y la ciudad estaba semi desierta, mi hermano de vida, Carlos Pascual, nos llevó a la librería Puro Verso ubicada en un palacete en plena Ciudad Vieja en la calle Sarandí desde hace un tiempo peatonal, a beber vino mientras nos desgarrábamos con cada acorde que nos regalaban los de La Mufa, un quinteto de rompe y raja, que al decir de Borges, puede desgarrarte con el sonido de una guitarra…
Ayayay! que se me amontonan las emociones!
Cada día que pasa acumula cuentos. La conexión a la Red no es sencilla y aunque lo fuera necesito respirar para contar tantas historias. Recibo cada uno de vuestros comentarios. Me pone la piel de gallina leer a Luisa emocionada recordando los mates bebidos en la playa en donde viví mi infancia más divina. Pocitos sigue allí Luisa preguntando por ti. Sabes y saben todos que la nostalgia está en nuestro adn rioplatense. Y viene de la mano del tango. Y el tango renace encarnando en las nuevas generaciones que bailan, arrugan el bandoneón y la hacen chiquita en una baldosa.
Acabo de volver de Buenos Aires puro fuego. Estoy leyendo La carretera que me regaló Marc para mi cumpleaños. Y digo que nosotros los amantes del vino llevamos el fuego. Decía que Buenos Aires está fantástica. A todo trapo tan potente tiene la capacidad de rehacerse las veces que haga falta. Los espacios culturales, la música, la comida, la gente. Magnífica. Caminito de La Boca nos dan volantes y nos preguntan si somos españoles. Es muy rara la sensación de no ser de aquí ni ser de allá. Jungla de cemento atrapada por el verde más verde aun después de las lluvias torrenciales que arrasaron con todo. Las enredaderas envuelven los edificos de manera de disimular tanto ladrillo. Respiras, respiras, respiras. El vino llegó con los bifes de chorizo mariposa, las mollejitas crujientes y un riñón. Todo de vaca argentina. Las vinerías puestas a todo trapo. Pienso que no pueden ser negocio, pero adornan las calles, las veredas y alegran las vistas.
El vino se muestra. Se presume de vino. De buenos vinos. Y se sirve a copas por supuesto. Hay de todo. Imposible cribar entre tanta oferta. De nuevo la importancia del vendedor. Esa persona cada vez más necesaria que te da confianza y te hace probar novedades con la mejor predisposición.
Tres días en Buenos Aires nos dejaron hambrientos, sedientos. Nos faltó teatro y librerías. Los libros. Qué maravilla. Buenos Aires son libros y librerías. Las que quieran. Para todos los gustos. Las más lindas son El Ateneo de Santa Fe y Callao y Clásica y Moderna, más pequeña y mejor librería, incrustada en un café histórico en donde desde hace tantos años se sirve de lo mejor. Platos de cultura tanguera en donde supe escuchar a Chico Novarro con Andrea Tenuta. El tango. Vuelvo al tango. Vuelve el tango. Por favor tenemos que envolver de tango las ferias de vino. Me gusta el dixie, me gusta el jazz, necesito el tango como al vino natural. Tengo tres cuartos de post escrito dedicado en monográfico. Lo mandaré después de éste. Sólo quería decirles que estoy aquí, en carne viva, extrañándolos. Los siento detrás de estos bits. Se que estamos conectados y esto hace bien. Engorda, alimenta.
Gracias hermanos por haberme enseñado el buen vino y con él la mejor vida. Espero poder estar regalándoles también un pedacito de cielo al contarles mis cuentos en un 2 por 4.
Me voy de viaje a Uruguay. Estaré en Montevideo, llegaré hasta el Océano Atlántico cuando se vuelve temerario a la altura del Cabo Polonio y cruzaré el Río de la Plata para visitar a una dama peligrosa, Buenos Aires. Comeré carne y ensaldas como siempre pero también iré atenta a toda la movida que va creciendo y consolidándose entorno al vino y la gastronomía.
Pero no solo yo estaré de viaje estos días. Con el año se abrió la temporada de ferias y todos vamos moviéndonos de un lado para el otro llevando y trayendo novedad, haciendo amigos y concretando negocios. Me gusta la idea de ir a mi tierra y estar con aquella parte de mi familia; pero les mentiría si no les dijera que añoraré estar haciendo la gitana del vino.
Marzo encontrará la fuerza de la primavera y nos regalará encuentros muy lindos, cálidos, festivos y ya me gustaría que en última instancia siempre fueran de negocio. Porque hay que mover las aguas y esto está en nuestras manos.
Es probable que en las próximas tres semanas este blog se convierta más en fotolog. Acercaré las imágenes y los rostros de la gente y las tierras de los vinos del sur. Ojalá les guste.
Brindo por todos los viajes; brindo por el viaje permanente que nos hace mejores personas, abiertos porque vamos conociendo y tomando cada vez más noción de “el otro”. Brindo porque desde el mundo del vino estemos contribuyendo fuertemente a que este mundito en el que nos movemos sea más tolerante. Si no, no hay vino que valga.
Ir de ferias de vino es algo que todo amante del vino debería hacer alguna vez en su vida; es más lo recomiendo como una actividad de enoturismo. Una vez al año, te marcas la feria que te apetezca y puedas visitar, arreglas la logística y te largas. Si cada uno hiciera esto el mundo del vino cogería una orientación más humana.
Ya lo se, es imposible llevar esta propuesta más allá de cierto grado. Pero propongo comenzar. Hay ferias que te lo hacen más potable; otras que te lo hacen imposibe pero porque son tan profesionales que se hacen aburridas o necesitas conocer a alguien que te lleve a la primer fiestecilla.
El miércoles pasado fui a Millésime Bio en Montpellier. Y realmente fue un momento de felicidad. Siendo una feria profesional en la que no faltaban los compradores japoneses que iban a lo que iban, podías quedarte conversando con los viticultores un buen rato. Todos presentan con amor y orgullo sus creaciones en un salón muy grande en donde habían 500 productores presentando vinos que hacen con mimo, con producciones que no pasan de las 20 o 30 mil botellas para poder hacer un trabajo artesano que garantice la calidad del producto y el respeto por su consumidor.
Por eso caminar por los pasillos de Millésime Bio era escuchar hablar de las muchas formas de emprender un trabajo artesanal desde la viña y con la menor intervención posible de factores exógenos desde tractores hasta levaduras.
Y también escuchar hablar con positiva sorpresa de los compradores japoneses especializados en vino orgánico, de agricultura procedente de prácticas biodinámicas o ecológicas (disculpen que no haga sistemáticamente las diferencias entre todas), que suponen cada vez mejores oportunidades para esta forma artesana, más arriesgada y apasionada de producir vino.
Lo que disfruté en definitva, fue la sensación de estar en un salón profesional, en donde unos venden y otros compran, que de todos modos logra mantener el calor y el espíritu jodón de los viñerón artesanos. También disfruté Londres o Burdeos, pero había distancia, ambiente más bien de traje y corbata y representantes de producto que van a lo que van. Y si me permiten bastante, bastante machista. No así las ferias de vinos naturales, en donde de todos modos y por ahora manda la sensibilidad masculina.
Las quejas respecto de lo difícil que es mover vino en España siempre están. Pero esta vez prefiero quedarme con lo positivo. La recomendación de ir de ferias de vino que nos ventila la cabeza y nos pone delante de gente muy singular. La constatación de que el mundo del vino natural, de procendencia biodinámica se consolida y crece. Y que según también suena por los pasillos hay cada vez más productores de vino que buscan reconvertirse a la biodinámica y a formas más equilibradas, naturales, armónicas de producir como un acto de amor a la vida.
Me parece que es una lindísima forma de comenzar el año viajero…
Brindo por los viñerón y por los viajes por el mundo del vino:)
Como parte de la natura, sigo el ritmo de los tiempos y me encuentro en modo ivernación.
Uno de estos días volveré hecha un pimpollo.
Salud a todos los capullos.
Brindo desde la cueva.
Para llegar desde el aeropuerto de Málaga hasta las cumbres en donde se encuentran la finca y los viñedos de Barranco Oscuro hay que pasar por innumerables e inclasificables urbanizaciones y miles de hectáreas de invernaderos, los malamente famosos mares de plástico que inundan las tierras de Almería y Granada. Lejos de ser un fracaso esto se vive como un éxito, nos dice Lorenzo Valenzuela, mientras oteamos desde sus viñas viejas de garnacha ubicadas a casi 1400 metros de altura, el Mulhacén, una de las montañas más altas de la península.
Los invernaderos de El Ejido y las zonas aledañas generan trabajo e inflan los números hasta poder decir que es la zona de España de mayor renta per capita, sin embargo esconden al que no lo quiere ver, una de las situaciones de miseria humana y prácticas de agricultura insostenible, más salvajes de Europa.
El viaje entonces hasta Barranco Oscuro va desde el nivel del mar urbanizado y corrompido, pasa por los mares de plástico insostenibles y llega hasta donde se puede respirar una práctica de la vitivinicultura singular y de pago de la que se obtienen algunos de los vinos más respetados dentro y fuera de las fronteras españolas.
El rigor y el orgullo coherente por esta manera de vivir y producir, se desprende de cada palabra de la conversación con Lorenzo Valenzuela, pero también con su mujer Luisa y su padre Manuel, artesano y poeta del vino.
“Tengo una garnacha alucinante escondida allá abajo, entre tales y cuales botellas”, dijo como a las 7 de la tarde, cuando ya era noche y comenzábamos a levantar los bártulos. Imposible. Se fue al escondite, trajo el preciado tesoro y lo abrió sólo con la sonrisa pícara y la mirada cómplice.
Fue el remate a una jornada mágica que nos abrió el apetito paseando entre viñedos de pinot noir, vijiriega y tempranillo; fue alimentada por un salmorejo y un potaje de lentejas que preparó Lorenzo que es gran cocinero y anfitrión y fue regada por sus vinos buenos, resultado del trabajo artesano, respetuoso con la naturaleza y exquisito. Se había consumado un ciclo perfecto.
Vinos Auténticos: la distribución personalizada y responsable
En el correr de la conversación hablamos con Lorenzo de la práctica de la viticultura en pequeñas extensiones que rinde para unas 30000 botellas al año y que entre él y Luisa venden con amor y mimo desde Vinos Auténticos, la distribuidora que han creado con la clara consciencia y la experiencia de que el cuidado y seguimiento de la promoción y la venta de sus vinos, es un factor clave para el éxito o el fracaso de la empresa.
Desde Vinos Auténticos distribuyen el vino de vitivinicultores que tienen en común una filosofía de trabajo que tiene que ver con el uso de variedades autóctonas, el conocimiento y aprovechamiento de la tierra que laboran, la menor o nula intervención de agentes externos o químicos tanto en la planta como en el proceso de elaboración y embotellado del vino.
Gracias a este trabajo, el esfuerzo de estos viticultores, se puede apreciar y cobra existencia en una amplia zona de Andalucía. Tuve la posibilidad de constatarlo durante mi visita a Granada, en donde te encuentras no con los vinos de Barranco Oscuro, sino con los de Vinos Auténticos. Por lo tanto al tomar una tapa en Al sur de Granada, al cenar en Páprika y al recorrer tantos otros lugares, la presencia de estos vinos es una constante.
Si tuviéramos que formar opinión sobre la aceptación por parte de amplios sectores profesionales y amantes amateur del vino natural en función de la experiencia andaluza y granadina, diríamos que la sed aumenta en relación directamente proporcional con el trabajo de difusión, promoción y distribución, y la constancia en su seguimiento. Con una actitud abierta y de conversación y por supuesto y en primerísimo lugar con la calidad de lo que se hace y se ofrece.
Son las 4:30 a.m. del viernes 20 de noviembre de 2009. Suena mi despertador porque tengo que llegar a la T1 de El Prat de Barcelona a las 6 a.m. El vuelo para Málaga sale a las 7:10 a.m. La llegada está prevista para antes de las nueve de la mañana. Recogemos un coche y nos vamos directo a Barranco Oscuro en donde nos espera Lorenzo.
Por fin voy a visitar Barranco Oscuro. Venimos programando esta visita desde hace más de un mes y el día ha llegado. Estoy muy ilusionada e intento ir lo más atenta posible porque sé que voy a la casa de una de las familias de viticultores más respetadas de España. El otro día en Naturala Vinis, Manuel, el alma mater de la familia, me decía, “estuve en África sin moverme de casa”. Claro con trepar hasta esos casi 1400 metros en que tienen una parte de los viñedos y si el clima acompaña, la mirada se pierde en África y con ella vuela la imaginación. Por suerte a los viajes imaginarios nadie les pide papeles ni les levanta muros.
Lorenzo me hizo una serie de sugerencias que son para post. Una recorrida enológica y gastronómica impresionante por Granada. Se los transmito tal cual. Yo agregué los enlaces para que los que estén intersados puedan hacer una vistica virtual.
Aquí va:
En El Albayzin hay algún sitio recomendable. Por las vistas os recomiendo Mirador de Aixa o Estrellas de San Nicolás. Para echar unos vinos y charlar con el dueño el Bar Kiki que está en el mismo mirador. Para tapear también es bueno el Torcuato. Para comer bien y más tranquilamente abajo en el Paseo de los Tristes está la Ruta del Azafrán.
La calle Elvira, a los pies del Albayzin, también es muy recomendable. Hacia Plaza Nueva están los clásicos: Castañeda, Salinas. Y en la otra punta, junto al Arco de Elvira están Al Sur de Granada (muchos productos locales) y Páprika, para comer o cenar mas tranquilamente con una botella de vino natural.
Hacia el centro hay mucho más. En la Calle Navas está La Carte des Vins y varios bares buenos de tapeo. Un poco más arriba del Ayuntamiento, en escudo del Carmen está el Asador de Castilla que tiene tapeo potente. En la prolongación de calle Navas, calle Rosario, está La Tana muy buen sitio de vinos y un poco más arriba está Ajoblanco que regenta Nicolás, otro experto en vinos. Más arriba hay otro sitio recomendable, Jaraiz. En la plaza del Realejo está La Metáfora, un restaurante moderno que lo está haciendo bastante bien, para comer y disfrutar con más relax. En el Campo del Príncipe también hay varios sitios de tapeo y un sitio nuevo muy majo que también quieren apostar por los vinos naturales, se llama El Trasgu y los dueños son muy buena gente.
Si todo va bien y voy encontrando zonas wifi, postearé aunque breve, intenso, desde mi móvil. Y esto es gracias a la invalorable gestión, talento y maña de mi socio Quique.
Carlos es el hijo francés de una familia de españoles migrantes en París. Tiene 49 años y hace 3 que vive en Madrid. Está en el negocio del vino desde toda la vida y dentro del movimiento del vino natural desde sus comienzos allá por el año 1981 en Francia. Fue “grosista” durante 30 años, lo que le permitió ser el protagonista de una road movie en donde se cuentan las historias de los padres de los primeros vinos naturales en Francia, como Marcel Lapierre o Philippe Pacalet entre otros. No para de nombrar personas y aventuras y en cierto modo no puede esconder una nostalgia serena por aquellos días de vino, experimentos y aventuras. Es seguidor incondicional de Le rouge et le blanc, la famosa publicación francesa sobre vino natural a la que apela para ir contándote y mostrándote a cada uno de los vignerons que nombra; es un invetigador pasional que muestra cada descubrimiento que hace como algo de lo que no puedes prescindir en la vida.
Comer y beber en La cave du petit es una experiencia intensa, por la calidad de los productos y la actitud salvaje de su anfitrión, que a veces se confunde con mal carácter. No es así, doy fe. Es un hombre pasional, que ama lo que hace y lo que vende y que no espera de otros ni de si mismo que nos guste todo en la vida. Con respeto, trabaja en un oficio muy complicado que combina atender al público mientras explica un producto que requiere tiempo como el vino natural. Pero antes de abrir una botella a un cliente, le advierte que está a punto de vivir una experiencia intensa, rara. Lo imagino gruñendo, cómo no, pero también me imagino perdonándolo.
Cocina su mujer, cuyo nombre permanece en el misterio para mi y no está mal, y lo hace de maravillas. Empanadillas de berenjenas con queso fundido, tarrinas de patés de olivas con pepitas de mostaza o curry, orejas de cerdo que directamente te conetcan con el paraíso y unos dulces que van del más puro chocolate a una tarta tibia de manzanas, un trozo de nata fría y una galleta hecha con mucha mantequilla que te pueden hacer perder los papeles y encontrar argumentos para repetir.
La cave du petit es la única tienda y bar de vinos naturales en Madrid y como el mismo Carlos dice hacen falta más y más acciones de promoción, porque hay curiosos amantes del vino que quieren saber y beber más.
Los medios de comunicación demuestran cada vez más interés por propuestas como estas, los amantes del vino se acercan curiosos por lo que puedan descubrir aquí y más de uno llega con la intención de llevarse algo para sorprender al suegro, a un amigo o a un descreído. El promedio de edad de los clientes de Carlos es de 35 años, los jóvenes madrileños no son amantes del vino salvaje, dice, mientras descarta una botella ahora vacía de un licor que compró hace un año cuando inauguró el local.
Por su ubicación podemos pensar que está fuera de circuitos turísticos y es cierto; pero esto te da la posibilidad después de una cena opípara, de caminar unas calles tranquilas para dar tiempo y espacio en nuestro cuerpo a una experiencia gastronómica y vinícola intensa, física, espiritual.
Después de la experiencia inmejorable de una noche de fines de verano en un Madrid más hambriento de otoño que nostálgico de buen tiempo, me fui a visitar a Carlos, esta vez con la intención de poder presentarlo tal cual es, en estado salvaje, como los vinos que ama, promociona, vende y comunica en medio de sonidos y gestos que lo hacen totalmente personal y único.
Siento una sensación indescriptible al salir a la ruta a la búsqueda de productores de vino natural. Es una cacería en donde no hay nada cierto. Ningún château grandilocuente aparecerá en nuestro horizonte y la probabilidad de estar jugando a las escondidas durante un buen rato es elevada. Fantástico. Porque esta búsqueda habilita perderse por unos caminos y encontrar otros. Una de nuestras cacerías del tesoro tenía por objetivo a Lous Grezes y realmente nos trajo de cabeza. Lo buscamos por cielo, pueblo, pueblito y tierras secas y calientes como sólo agosto sabe regalar. Los viñedos todos estaban rebosantes casi a punto. Sensuales como Sofía Loren, Silvana Mangano o Stefanía Sandrelli. No importaba que nos perdiésemos. Yo me perdí entre esos viñedos como el hombre menguante de Pedro Almodóvar. Por las dudas o por instinto habíamos comprado un ejemplar de Château Chapeau porque algo nos hacía presentir que aquel encuentro podría no suceder. A veces tanto calor despista y al no dar con el 950 de la Route des deux village en Ribaute-les-tavernes, nos refugiamos a la sombra de los árboles en una corriente de agua muy potente que refrescaba de solo oírla. Ese fue el día del Château Chapeau con los quesos casersos, el pan francés, los patés, los melones recién arrancados y unos higos que nos regaló la higuera generosa también con su sombra.
Para la siguiente parada había gran expectativa. Mas Coutelou de Jean François Coutelou porque allí se hace Roberta, una creación de Benoît Valée durante su paso por esta bodega, un vino muy raro, de los que te enamoras o no, de los que alguien puede dudar si realmente es vino pero luego se rinde ante la más seductora e irresistible evidencia, ¡es un vino muy Roberta!
Nuestra segunda parada en esta cacería fue más exitosa en el sentido que descubrimos la casa en un pueblo desierto de calor y sol y asfalto. Puimisson. ¿Quién podría estar esperando visitas un domingo de tórrido verano pudiendo estar durmiendo la siesta o bañándose en el río? La respuesta correcta es nadie. Así que nos quedamos con la foto como prueba del descubrimiento y con las ganas de Roberta in situ. Pero esto tiene solución porque puedo ir a buscarla a L’Ánima del vi.
Este verano nos escapamos unos días al sur de Francia con Marc y Naza. Yo quería conocer el Viaduc de Millau y fue la excusa perfecta para hacer una recorrida por viñedos y visitar tiendas y bares. Entré en la web del vino natural de Francia e hice una selección según pasaba nuestra ruta que tenía como punto de llegada Pont de Saint Esprit, a una hora de Arles. Entramos en Arles y nos sentamos a tomar algo súper fresco. Después caminamos un rato por la orilla del Ródano hasta que al final de la tarde, sobre las siete, cruzamos el río y descubrimos nuestro primer objetivo: la Cave de Trinquetaille. Como era viernes tocaba la degustación de rosados y como estábamos en buenas con los dioses Antony Tortul estaba presentando su primer añada de La Sorga, bajo el lema french wine is not dead. Para rematar Romain, alma mater de la tienda, había cocinado unas petxinas con ajo y perejil que junto con lo fresco del ambiente provocaban un momento perfecto y memorable.
Mientras catábamos la primer añada de La Sorga en todas sus versiones, Romain nos explicaba cómo la demanda de vino natural va creciendo dentro del total del negocio llevándose en este momento el 60% del total de las ventas. Simplemente aumenta la demanda. Y él tiene mucho que ver en el asunto. Está muy centrado en la conversación con sus clientes y no los pierde vista ni por un momento. Organiza cursos de cata, una vez a la semana presenta un vino y a su productor, cocina, es muy divertido, se relaciona contigo como si te conociera de toda la vida y te hace sentir que estás en casa de amigos. Y es cierto. Pero además es muy difícil salir de la tienda con las manos vacías.
La oferta es muy interesante y sobre todo me llamó la atención una de sus propuestas porque no la he visto todavía en España: una oferta muy amplia de vino en bag in box (B.I.B.) y la posibilidad de poder degustarlos en la tienda.
Ya habíamos catado la primer añada de La Sorga y resuelto qué vinos comprar y como estábamos en Francia no podíamos distraernos respecto de la hora de cenar. Romain resolvió nuestro problema con una llamada de teléfono y nos reservó mesa Chez Ariane, un bistró à vins con una cocina simple y exquisita. Ariane sólo sirve vino natural. Le pedimos el Petit Jo que venía mu bien recomendado por Romain y ella nos dijo que era un excelente vino pero que hacía mucho calor y nos recomendó Tombé du ciel. Tinto, joven y fresco, pura fruta, con un paso amable y un dulce recuerdo, exacto.
Cuando nos íbamos nos preguntó si ya habíamos estado en Beaujolais la verdadera cuna del vino natural en Francia y sin quererlo nos marcó nuestro próximo destino.